Las cuatro finales que Argentina perdió antes del Maracaná

El 15 de julio de 2007, en Maracaibo, un chico de veinte años se quedó plantado en el césped mientras Brasil daba la vuelta olímpica delante suyo. Había sido 3-0. Argentina llegaba a esa final habiendo pasado por encima de medio continente: 4-1 a Estados Unidos, 4-2 a Perú, 3-0 a México en semifinales. El equipo que mejor jugaba del torneo se comió tres goles en noventa minutos, uno de ellos en contra de Roberto Ayala. El chico era Lionel Messi y aquella fue su primera final grande con la mayor.
Tardaría catorce años en ganar una.
Entre el 4 de julio de 1993, cuando Gabriel Batistuta metió dos goles en Guayaquil para ganarle 2-1 a México y levantar la Copa América, y el 10 de julio de 2021, Argentina no ganó absolutamente nada con su selección absoluta. Veintiocho años. Toda una generación de argentinos creció, se casó y tuvo hijos sin ver a su selección campeona de nada. Y no fue por falta de llegar: fue por llegar y perder.
Maracaibo, 2007: el equipo que gustaba a todos
Aquella selección de Alfio Basile era un gustazo. Riquelme manejando los tiempos, Messi y Tévez por dentro, Crespo arriba, Mascherano recogiendo todo lo que se caía. Jugaba de memoria. Llegó a la final como favorita clara y Brasil, que había ido a Venezuela con un equipo lleno de suplentes, se la sacó de encima en veinte minutos: Júlio Baptista de un zapatazo, el gol en contra de Ayala, y Daniel Alves para cerrar.
Fue la primera lección de un patrón que se iba a repetir con una precisión desagradable: Argentina no perdía finales porque fuese peor. Las perdía por detalles, por un rebote, por un mano a mano, por un penalti.
Maracaná, 2014: el minuto 113
Siete años después, el 13 de julio de 2014, Argentina volvió a jugarse un título en Río de Janeiro. Contra Alemania. En el Maracaná. Con Di María lesionado desde los cuartos ante Bélgica y viéndolo todo desde fuera.
Aquella final tuvo más ocasiones argentinas que alemanas. Higuaín se plantó solo delante de Neuer en la primera parte y la mandó fuera. Le anularon otro por fuera de juego. Palacio la picó por encima del portero y se fue por al lado del palo. Y en el minuto 113 apareció Mario Götze, controló con el pecho dentro del área y la cruzó. 1-0.
La imagen que quedó de esa noche no fue el gol alemán: fue Messi caminando hacia el vestuario pasando por delante de la Copa del Mundo, mirándola de reojo, con el Balón de Oro del torneo en la mano y cara de no querer nada de todo eso.
Santiago y Nueva Jersey: dos veranos consecutivos
Lo que vino después fue casi cruel por lo repetido. El 4 de julio de 2015, final de la Copa América en el Estadio Nacional de Santiago contra Chile. Cero a cero, prórroga y penaltis. Higuaín la mandó a la tribuna, Banega se la puso a Claudio Bravo. Chile, 4-1.
El 26 de junio de 2016, final de la Copa América Centenario en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. Contra Chile otra vez. Cero a cero otra vez. Penaltis otra vez. Y esta vez el que falló el primero fue Messi, por encima del larguero, con esa cara de quien ya sabe cómo termina la película. Chile, 4-2.
Esa noche, en la zona mixta, Messi dijo que se retiraba de la selección. «Ya está, se terminó para mí». Tenía veintinueve años. En Buenos Aires salió gente a la calle a pedirle que se quedara y hasta apareció un cartel enorme frente al Obelisco. Volvió al mes y medio.
Los mismos nombres, una y otra vez
Aquí está lo que hace que estas cuatro derrotas sean una sola historia y no cuatro historias sueltas: los apellidos se repiten.
- Messi jugó las cuatro. Maracaibo con veinte años, Nueva Jersey con veintinueve.
- Mascherano jugó las cuatro. Empezó siendo el pibe que corría por todos y terminó siendo el que ordenaba a los demás.
- Agüero estuvo en las cuatro, en distintos papeles: promesa en 2007, titular después.
- Di María vivió tres de ellas, y la más dolorosa la vio desde fuera, sin poder jugar.
- Otamendi estuvo en las dos de Chile.
No era un equipo que se renovaba y volvía a tropezar. Era el mismo grupo de tipos acumulando derrotas encima de derrotas, con un país entero preguntándoles cada dos años si esta vez sí. A eso hay que sumarle, si uno quiere ser honesto con la cuenta, la final de la Copa América 2004 perdida contra Brasil también por penaltis, cuando Adriano empató en el último minuto. La sequía no empezó con Messi. Simplemente le tocó cargarla a él.
Por qué el país se volvió loco en julio de 2021
El 10 de julio de 2021, Argentina volvió a jugar una final en el Maracaná. Contra Brasil, en Brasil, sin público por la pandemia. En el minuto 22, De Paul metió un pelotazo largo y Di María, el que no había podido jugar la final de 2014, se la picó a Ederson.
Uno a cero. Y ya no hubo penaltis, ni prórroga, ni nada.
Lo que pasó esa noche en las calles de Argentina no se entiende mirando ese partido. Se entiende mirando Maracaibo, el minuto 113 de Götze, la pelota de Higuaín subiendo hacia la tribuna de Santiago y la de Messi pasando por encima del larguero en Nueva Jersey. Veintiocho años de gente celebrando cosas ajenas.
Un año y medio después, en Lusail, Di María volvió a marcar en una final: el 2-0 a Francia. También había marcado en la Finalissima contra Italia. Tres finales ganadas seguidas por la selección argentina, y un gol suyo en las tres.